27.12.11

Venecia

Bajé del aeropuerto de Venecia sin ninguna expectativa concreta, me imaginaba la ciudad como un Port Aventura, diseñado y conservada exclusivamente para los turistas, obsoleto y decadente donde nadie vivía en ella. Me bajé del avión un día de invierno con el cielo gris plomizo con amenaza de lluvia y sin esperanza de ver el sol. Me transportó un autobús gris, ante paisajes inviernales y húmedos, deslizándose por mi ventana de cristal sucio. Alentada por esperarme una Venecia con mal olor y sucia, me apeé en la plaza de Roma, donde ya no es posible continuar con vehículo de ruedas al corazón de la ciudad, donde acaba la estación de tren y empieza el entramado laberíntico de las calles, puertas, callejones y canales. La primera góndola suspendida en el canal me sorprendió por su grandeza y la elegancia de sus formas. El gondolero afanado en convencerme en que subiera a su góndola y darme un paseo fue la bienvenida que recibí. La ciudad de abrió ante mi bonita y presumida en cuanto crucé el primer canal y me di cuenta de inmediato que era imposible tener un itinerario concreto donde dirigirme. Venecia se abrió como una flor regalándome en cada calle, en cada canal y puente su vida y su historia, en cada peldaño, en cada esquina rebosaba de encanto. Encandilada por la realidad que me encontraba me perdí en sus calles y sus canales sin tener esperanzas ni prisas de encontrar el hotel donde me hospedaría. El rincón de Romeo y Julieta, anunciaba el resguardo de mi habitación en la que parecía imposible de encontrar. Carteles indicaban hacia Rialto, hacia Plaza San Marcos y me dejé llevar. Si llegaba a Rialto quizás me ubicaría con más facilidad. Entusiasmada por el espíritu veneciano me armé con mi cámara para no perderme detalle de mis pasos y sin quererlo ni pretenderlo me tope con el puente de Rialto y sus ángeles custodiando el paso de las góndolas, barcos, vaporetos que transitan por el gran Canal. ¡Qué hermoso! ¡Cuántas imágenes vistas de Venecia en fotos y películas viéndolas en primera persona ¡ Góndolas esperando, gondoleros paseando, venecianos trabajando, palacios, palacetes y tiendas, el puente de Rialto como testimonio del transcurrir del tiempo. La puesta de sol mágica en tan mítico puente me hizo revivir las mil aventuras que el viejo puente había vivido. La piedra suavizada por tantas manos que lo han acariciado al subir y bajar sus peldaños. Negocios, riñas, amores, indiferencia, desafíos, retos, traiciones, nacimientos, muertes, esperanzas, miedos e ilusiones transcurridas en el puente que une el corazón mercantil de Venecia con el alma espiritual y religioso de San Marcos.
De este modo, suave sin tensión encontré mi lugar en una Venecia apacible y viva, que me invitaba a transitar, envolverme de su carácter y su historia. La noche me sorprendió en la plaza de San Marcos inusualmente vacía de transeúntes y sus luces embriagadoras, la humedad del mar se caló en mi interior. En mi paladar, el aire salado de un mar en calma, y en mis manos el anillo de regalo muestra del amor y respeto de la persona a la que amo, momento mágico donde se une el cielo y la tierra celebrando la unión de dos corazones enamorados. La noche nos envolvió en el cálido hotel con vistas al canal y a la luna. Los sueños me llevaron a seguir recorriendo las calles y canales de la ciudad y justo en una callejuela estrecha en medio aparecía un reloj iluminado y en el fondo un gran ojo mirándome. ¿Qué quería decir el sueño? El tiempo apremia y mis pasos son seguidos o bien está cerca el momento de conocer la verdad y estoy más cerca de lo que tanto anhelo.
El sol de la mañana despejo mis dudas y preguntas y continué con mi viaje al interior de la ciudad, de sus locales, de sus cafés, osterías y tiendas de artesanía y arte, el carácter de los venecianos, su mercado, sus barcas y sus canales. El discurrir del tiempo fue haciendo mella en el sol y entre vaporeto y vaporeto el día llegó a su fin. Cansada, agradecida y feliz me encaminé a deshacer los pasos que me llevaron hasta allí, cuando me encontré con el callejón estrecho iluminado por el reloj. Avancé cautelosa con mi corazón latiendo con fuerza, sintiéndole más en mi garganta que en mi pecho y con el resonar de mis pasos ante el silencio del lugar al final del callejón me encontré con el ojo de mis sueños que todo lo ve y todo lo entiende. La mirada dulce y compasiva de una virgen junta a su hijo sentado en su regazo envuelta de color azul celeste. La celebración de la vida ante la feminidad de la creación junto a su hijo, dios divino.
¿Qué será lo que me anunciaba el sueño?
Gracias doy de haberlo encontrado y haberlo podido sentir y disfrutar.

9.12.11

Angela De Foligno

Tuve la oportunidad y el honor de poder asistir a unas conferiencias que impartía Victoria Cirlot dentro de las Jornads D’Estudis Franciscans con el título “Clara d’Assís i la Mística Femenina dels segles XII-XIII” en la Facultad de Teología de Barcelona.
Como llegué allí fue toda una aventura un sinfín de casualidades que hizo que pisara por vez primera la facultad de teología llevada por la curiosidad de saber algo sobre la mística femenina medieval, tema que desconocía totalmente.
La conferencia de Victoria Cirlot fue excelente e impresionante de poder saborear de todo su conocimiento sobre el tema. Durante la exposición me llamó mucho la atención saber que durante la era medieval sectores de la iglesia se dieron cuenta que para experimentar la mística debía de feminizarse, contactar con la parte femenina de su ser. Eso me impacto al derribar en un momento mis prejuicios sobre la época y la iglesia y me di cuenta que nada es ni blanco ni negro. Tambíen aprendí que las experiencias místicas de las mujeres medievales en su mayoría fueron escritas por sus confesores, hombres religiosos que transcribieron las experiencias que vivenciaban las mujeres místicas. Así descubrí la relación entre religioso y mística, un binomio que ha hecho posible que conozcamos las vidas de las mujeres místicas en la época medieval. Así conocí la historia de Angela de Foligno, una mujer analfabeta, casada y con hijos que recibió una experiencia que le cambió la vida. Su confesor relata lo que aquella mujer vivió, con un lenguaje sencillo de una mujer sin cultura. Todo lo escrito, como ella decía, era blasfemia al no poder transcribir en palabras sus vivencias espirituales. Es difícil poder transcribir en palabras una vivencia de tal magnitud, siempre queda pobre y falta algo, falta el haberlo vivido, el poder haber disfrutado por unos instantes del instante de luz que emerge de nuestro interior.